blog-30septiembreDecía Aristóteles que “cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”.

Y es que poder enfadarse es bueno. La capacidad de enfadarse es sana. Lo que hay que valorar, como apuntaba el filósofo, es la manera de enfadarse, la frecuencia de veces que nos enfadamos, si son oportunos los momentos, la intensidad del enfado, la forma de expresarlo y las consecuencias que tiene.

Una vez más, la solución pasa por tomar conciencia. En primer lugar ser conscientes de:

  • ¿En qué situaciones surge el enfado?
  • ¿Qué estás pensando? Quizá pienses “es injusto, esto no debería ocurrir, no me lo merezco, no me trata bien, no se ocupa de mí, él/ella tiene la culpa, me quiere fastidiar”.
  • ¿Cómo es de intensa la emoción de 0 a 10?
  • ¿En qué parte del cuerpo notas el malestar o perturbación? Puede que notes taquicardia, elevación de la presión arterial, tensión muscular, cambios en la voz, tensión en el estómago y pecho, etc.
  • ¿Cuánto te dura?
  • ¿Qué necesidad o derecho tuyo está siendo poco respetado? ¿Qué es lo que realmente me está haciendo enfadar? Todas las personas necesitamos sentirnos queridas, valoradas, seguras y con control. Cuando alguna de estas necesidades no se satisface, una de las emociones que puede avisarnos es el enfado
  • ¿Qué haces? Por ejemplo, levanto la voz, me callo y me quedo muy resentido, doy un portazo…
  • ¿Qué consecuencias tiene lo que haces? Puede que los demás se enfaden con tu enfado o puede que los demás te hagan caso y entonces tú estás aprendiendo a enfadarte para que te hagan caso.

En segundo lugar, plantéate de qué manera cubrir tus necesidades, haciéndote responsable de ellas. Abandona el rol de víctima y llénate de poder constructivo. Por ejemplo, nos decimos: “voy a ver qué puedo hacer para sentirme mejor y no estar enfadada” o “voy a volver a intentar expresar mi enfado sin ser crítico y buscando un momento oportuno”.

En tercer lugar da alternativas positivas a los pensamientos que te enfadan. En vez de pensar que es injusto y quedarte ahí atascado, reconoce que es injusto pero piensa alternativas y soluciones a la situación. Muchas veces pensamos que la persona que nos ha hecho enfadar lo ha hecho “por fastidiar”. Piensa que si lo ha hecho mal, puede que sea porque no sepa cómo hacerlo de otro modo. Toca entonces que le enseñes, estableciendo tus límites para cuidarte a ti mismo.

En cuarto lugar rebaja la tensión propia del enfado: respira profundamente, da un paseo…

Por último, si es oportuno, expresa lo que te disgusta y elige una manera positiva de relacionarte con la persona que te está enfadando. En este caso funcionan muy bien las frases yo, por ejemplo “yo siento…”, “a mí me gustaría…”. Por el contrario, destierra las frases tú (“tú haces que…”).

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