Parece que nunca estamos preparados para perder a alguien a quien queremos,  sobre todo si por “preparados” entendemos “capaces de no sufrir por ello”. Lo cierto es que no todas las pérdidas se viven igual. Puede doler más una ruptura de pareja que el fallecimiento de un ser querido. Y es que para nuestro cerebro no hay diferencia. Reacciona de la misma manera ante la pérdida y tiene que hacer frente al mismo proceso de duelo, pasando por todas sus etapas (negación, ira, negociación, depresión, aceptación) para poder asimilar esta pérdida. Llegado este momento es importante entender la función del dolor y dejarnos querer.

El tiempo medio estimado para un proceso de duelo es de seis meses, tras los que la persona se supone que ha asimilado y encajado la pérdida. Hay veces que por mucho que pase el tiempo, la pérdida no se asimila y la persona se queda “enganchada” al dolor. A esto, en psicología, se le llama duelo patológico.

Llegados a este punto, es importante pedir ayuda profesional para que nos ayuden a identificar y recolocar los factores que nos pueden estar influyendo. Algunos de estos factores son:

  • El tipo de relación que teníamos con la persona perdida. Si esa persona ha sido el centro de nuestra vida, es posible que hayamos descuidado las demás parcelas de nuestra existencia, de modo que cuando se vaya dejará un espacio difícil de ocupar. Ubicar a la persona de una forma sana en nuestra vida, aunque ya no esté, y dedicar tiempo al resto de cosas va a ser requisito fundamental para sentirnos mejor. Es importante diferenciar si lo que nos duele tanto es haber perdido a la persona en sí o el papel que ella ocupaba en nuestra vida.
  • Dejarnos querer. Poder contar y apoyarnos en las personas que tenemos a nuestro alrededor para poder hablar y llorar con ellas o, simplemente, para que nos acompañen en nuestros silencios. Contar con apoyo social y no vivir la pérdida en soledad es fundamental.
  • Entender la función del dolor tras la pérdida. Muchas personas sienten que el dolor es una forma de seguir recordando a la persona perdida y, que si nos deshiciéramos de él, la estaríamos olvidando o incluso faltando al respeto. Recordar a la persona de una forma sana es recordarla desde el corazón, no desde las entrañas.
  • Revisar si hay algún sentimiento de culpa asociado a la pérdida. Es difícil superar la pérdida de alguien si tenemos la sensación de que “podríamos haber hecho algo más”.
  • Tomar conciencia de si nos queda algo pendiente con esa persona. Muchas veces nos ha faltado decir o expresar algo. Si es el caso, es importante que lo hagamos. Si la persona sigue viva, hay que elegir un buen momento y una buena forma para hacerlo. Si la persona no está ya entre nosotros, podemos utilizar una carta o alguna de las estrategias que utilizamos en terapia, como la silla caliente. Es muy importante hacer esto con profesionales que nos guíen y acompañen, para ayudarnos a contener las emociones que aparezcan.

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