duelo-cifras“Tenemos que aprender a perder… perder es una cuestión de principios”. Lo dice Albert Espinosa. No hay duda de que nos educan para ganar, pero ¿se nos educa para la pérdida? ¿Estamos preparados para afrontar la muerte de un ser querido o la pérdida de algo significativo en nuestras vidas? La respuesta es no. Y el impacto humano y social del duelo no es baladí. Las cifras hablan por sí solas.

Según estudios recientes, cada año mueren 9 personas por cada 1.000 habitantes y hay un promedio de 6 personas afectadas por muerte. Alrededor de un 10% de las personas en duelo desarrollan un duelo complicado o patológico.

De este modo, si en la ciudad de Madrid se produjeron aproximadamente 28.900 defunciones en 2013, la media de afectados en proceso de duelo fue de 173.000, de los que 17.000 necesitarían de ayuda profesional por evolucionar a un duelo complicado.

En el caso de los accidentes de tráfico o muertes inesperadas, la ratio aumenta y por cada fallecido, habría entre una y dos personas en proceso de duelo patológico por estrés postraumático.

El proceso de duelo no afecta únicamente a las pérdidas por fallecimiento, sino también a pérdidas vitales como la pérdida de empleo y sueldo, de una casa, una ruptura de pareja o cualquier otro proceso que suponga un cambio evolutivo importante.

No en vano, las pérdidas relacionadas con la crisis económica (empleo, salario, casa…) han sido vinculadas al aumento por dos del consumo de antidepresivos en España en la última década (OCDE), y de cada 200 consultas hechas en medicina general, 50 son secundarias a cualquier tipo de pérdida.

A esto se une que las personas con sintomatología por duelo patológico presentan un mayor índice de hospitalizaciones y un número más elevado de bajas laborales. El duelo puede también aumentar el riesgo de muerte por enfermedad cardiaca y suicidio, así como ser el causante de una gran variedad de enfermedades psicosomáticas y trastornos psiquiátricos. Entre éstos últimos, los más habituales son las depresiones reactivas o neuróticas y los trastornos por ansiedad generalizada o las crisis de ansiedad.

La clave, como siempre, sigue siendo la prevención: formación para aprender a perder.

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